lunes, 17 de diciembre de 2012

El fin lo vi una vez.

Burlado al fin de mariposas andróginas inmutables el cansancio en los terciopelos de la boca hambrienta y la pus directa en el centro de los odios y los gritos antes de todos los milagros.
 
Desesperado de tus ojos que son y no son y no los veo cuando miran tanto. Te quiero.

El fin fue vasto y expresivo en ese café de tarde, los primeros misiles y obuses taladrando la pantalla de una televisión de los noventas y una guerra anunciada y esperada en todos los hogares. Y caminar al lado de ese café presintiendo que tú estarías viendo las noticias y estarías sintiendo nada. Se me figuraba, no sé, pero, tal vez te gustaría ver como brillaban esas luces en el cielo oscuro, cómo taladraban su música de artillería moderna, su metal amargo. De noche, con todos los amantes recostados y cansados, de noche con todas la alambradas solas y todas las madres amamantando, de noche y de noche era en la pantalla, pero la pantalla era negra y las luces la alumbraban, y no había sangre en la pantalla, y no había el desgarrado grito en la pantalla y no había los miembros cercenados, y los niños, supongo que estarían jugando con el tiempo que se derretía como nieve de fuego en los ojos que tenían y que ya no tenían, y tú, supongo que estabas desnuda en tu cama y con las manos cansadas, viendo pasar una guerra moderna, una guerra anunciada, una guerra con spots de colores y productos varios.

El café iba a los labios como iban las mariposas andróginas inmutables al centro del vaso.

Y ahora tú, viéndome de frente me hablas de un fin. Yo no entiendo tanto pero te amo, porque desesperado de tus ojos que son y no son y no los veo cuando miran. Y es tanto el fin que pronuncian tus labios, y es tanto el fin que presencian tus ojos que todo el mundo lo habla y lo mira tanto.
 
Yo no sé a que fin se refieren.
 
Yo no sé sin pantallas oscuras y madres amamantando.
 
Yo no sé a que viene el espanto.
 
El fin lo vi una vez,
 
en un café,
 
una tarde.
 
 


miércoles, 5 de diciembre de 2012

Su propia lengua y catafalco

Castigar la sed es adentrarse al hueco de la mano que pide,
las líneas del tiempo digital que ya no el reloj de arena,
que ya no el aluminio reflejando el labio diciendo te amo,
la locura que ya no se compra con alucinógenos baratos;
castigar, castigarse porque le pierdes el miedo a la muerte,
y la muerte te acaricia a diario,
en el borde de la calle,
en el odio de la esquina,
en la boca que calla y el ojo que mira con machete mellado;
voy a ver la transparencia del sueño que no puedo aferrar con mis manos,
por eso, trato de morir a cada rato,
a cada vez del caballo negro espueleado de las ingles y la lepra prometida,
por eso desgasto mis años en la fiebre de la piedra,
en la grieta de los libros que se comen los gusanos,
tuvo una vez un amigo pero su cráneo quedó esculpido en la roca de los cerros,
lo mira a diario,
y lo entierra a diario,
por eso la ventana deja ver su lista de barcos de plástico que zarpan al naufragio;
entre la duda y la certeza ya sabe que sus ojos son sus manos,
y toca todo cuando mira y cuando mira queda ciego,
y ciego y frío se esconde entre húmeros y escápulas,
tiene rojos los ojos
y clara la impotencia de saberse agujero mínimo entre las enredaderas de las brazos que intentan asfixiarlo,
de las brazas que son sus carnes y su calle,
de la mujer que no llega y cuando llega es festín de tanto olvido;
tiene el tiempo necesario para escarbar su propio abismo,
su propia lengua y catafalco.

martes, 4 de diciembre de 2012

Monotauro y hambriento.

Lo veo y monotauro hambriento y con tanta sed en la garganta que no le pertenece.
Lo veo y azul gris del mercurio desprotegido
porque las aristas del espejo le recuerdan con látigos de memoria madura la dulce candidez de la pequeña y de pequeña mano, pero, no,
avanza mejor y avanza y cuenta dos de tres cada vez de que las tumbas estén cerradas
y no vean desde las rosas de las hipocresías los cuentos de tantas señoras aburridas,
de tantos fantasmas egoistas.
Entonces preferí hacerme comer por los perros de roca que merodeaban tus anclajes,
lastima de noche, dije,
y toda la luna era una puta que no solo alumbraba,
sino veía y veía ahí toda desnuda sin fumarse nada, sin meterse nada.
Las vallas, las vallas, gritabas,
pero yo,
desde el celular en mano solo pude ver la mancha de tu cara,
la enorme gota de sangre corriendo por tus ojos de espanto,
y el tiempo del receso es solo media hora,
lo que no alcanza para abarcar completamente el desierto de tu angustia,
la facil cavidad de tus mínimos espejos adentrandose en la mugre de las uñas.
Así que de prisa caminé sobre los gases repartidos a los ojos,
al olfato que aulla, a la pierna que tiembla,
pero, tú estabas ahí y me mirabas con recio miedo,
y yo creí que estaba vivo cuando le volví a ver,
monotauro y hambriento con tanta sed en la garganta que no le pertenece.