lunes, 19 de noviembre de 2012

Bitácora de Guerra III

Los jóvenes miran la pantalla y son felices,
y también se enamoran a distancia
como antes se hacía con las cartas echas a mano
y una desconocida sin rostro leía casi llorando.

Los jovenes tienen internet y saben que detrás de las
pantallas y las redes alguién los ama, pero miran
en los espejos y saben que lo que miran no es cierto.

Es entonces que alistan el herraje y la montura
se pintan bigotes revolucionarios,
otros se alistan a la estación más cercana
y esperan a la gruesa y negra locomotora
que habrá de llevarlos.

Preparan la oxidada arma y se untan gel en el cabello,
ellas, hacendosas como siempre
muelen el maíz y bañan a los caballos,
soldaderas sin pago y con hambre,
se maquillan de negro las pestañas.

Y así, se toman una foto de frente o de perfil
con el rostro más limpio o el más iluminado;
con espuelas en las botas,
y como los más antiguos hacendados
de grandes sombreros
marchan en multitudes
hacia las trincheras...

"suben" las imágenes perfectas
a la red social
y vuelven a la escuela...
o al trabajo.

Bitácora de Guerra II

Uno es todas las estaciones vacías,
todas las ventanas llenas de tizne,
porque le he escrito a mi cuerpo
un mapa de úlceras y cáncer,
un sordo y duro boleto;
una puerta fácil de abrir que no quema
como queman tantos muertos.

Uno es todas las ramas de los árboles,
los pozos de agua y todas las balas
que se humedecen a diario con una sangre
que no nos pertenece.

Uno solo camina entre nopaleras y desiertos,
entre caravanas de gente triste y mugrienta,
entre ollas de barro esperando la mano,
la boca hambrienta,

Uno es el niño que siempre tiene los ojos
muy abiertos, como asombrándose de tanta cosa
que no existe y juega con ellas,

Uno ve en los libros y estampas al héroe
y su largo llanto
mojando un papel oscuro.


Bitácora de Guerra I

Este reloj de arena que son mis ojos,
este azul oscuro de los vacíos,
esta múltiple sombra que me controla me lleva al valle de la metralla,
al grito de fuego en los paredones,
al labio torcido por la rabia envasada en botellas de humo,
a los pies llenos de rasguños por la alambrada hostil
de la roca cruel que no sentía si Adelita se fuera con otro,
al metal ardiendo entre ceja y ceja por la carabina treinta treinta,
a sus ordenes mi comandante ya podemos empezar a comer mierda,
llueve a cántaros y este ferrocarril oscuro que nunca llega,
¡preparen!... ¡apunten!...
las sombras de la tarde en las trincheras de cananas y nopales,
los ladridos de los perros y las sombras solo las sombras,
mírame bién en los jacales,
en los ríos llenos de cuerpos y piedras,
no vayas a la hacienda "miliano" no vayas,
¡la cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar!,
porque el humo en las neuronas para no sentir la mugre de los labios,
la pierna gangrenada y fragmentada en varios continentes,
la comida rancia,
la comida que no había y que no habla;
para morir a diario soy el que no he sido,
que no ves que ya soy otro en el papel que no respeto ni sus reglas,
¡vámonos a la bola que hay vienen los pelones!,
bolas de masa y paliacate para la comida,
bolas de saliva atragantada en el pecho,
bola de metal herrumbre en los cañones,
mugre en las uñas y los gatillos,
mi querido capitan no se me muera viene el refuerzo "dorado" tras la loma,
mira el campo son tantos los ojos que ya no miran,
tantas sombras de caballos negros que caminan
sin sus cascos;
pero ya alumbra la luciérnaga,
ya suena el campanario,
ya nos hará justicia la re...
¡fuego!...

martes, 13 de noviembre de 2012

Guerrero de mil batallas.

Que falsos esos tus gemidos a media noche
y la noche es buena y no se molesta del zancudo,
de pronto el perro y su lamentable aullido lleno de dolor,
lleno de llanto,
lleno de lagañas en los ojos,
¡es la aparición!
gritabas enardecida penetrada debajo de las sábanas,
el perro está viendo un fantasma,
¿dónde?, ¿dónde?
mientras la abuela le mentaba la madre a su anciano hombre
guerrero de mil batallas,
el perro ladra que ladra,
su escape es el metal de rejas a esta hora tapizada,
llora el perro y la luna lo consuela;
que larga está tu lengua y qué eterna esta primavera
¿son reales tus ojos?,
el perro llora que llora,
¡cuánto dolor en su ladrido!
¡Es mi tío la aparición!
¿pero, porqué pena?,
el techo tiene mugre, los libros ya no caben,
¿te vas a quedar otro rato?
¿y si me vuelve el asma?
¡a cuántas constelaciones está tu trabajo!,
¡pinche perro, no se calla!
¿pero porqué está penando?
Mañana me compras velas de esas que espantan muertos,
¡quítate de arriba ya tengo sueño?
voy a dormir un rato
te encargo las velas y el agua,
¿porqué siempre me estás mirando abajo?
(Que falsos son tus gemidos)
(cuchillos llenos de óxido)
pobre perro ¿qué mira?
¿porqué sigue llorando?

lunes, 12 de noviembre de 2012

Rimel azul cobalto.

Me mordías y luego te hacías la que no hace nada,
me mostrabas tus dientes blancos,
tus piernas blancas,
tu rimel azul cobalto,
y luego desaparecías sobre la rueda,
dentro de la rueda de los primeros besos,
dentro de mi mano
que nunca estaba afuera de tu blusa ni de tus feas bragas,
y tú llegabas y la piedra era la silla,
y el caracol de piedra de la calle oscura donde
la gente hacia sus necesidades,
porque era el pasadizo continuo
de los que crecían al amparo de la luna en los infiernos
de esa tierra de mangles y patos silvestres,
pero eramos pequeños, muy pequeños,
y mi casa era la roca,
el duro complejo y el primo pequeño,
vivo y pequeño,
quién iba a pensar que ya nadie pagaría su entierro,
y ahora solo queda su estatua de nada,
ni de sal, ni de huesos ni sangre siquiera,
talvez el camino de tierra y madera
en el patio junto a los árboles que ya no existen,
junto al perro que ya no existe,
junto al pozo de piedra que ya no existe,
junto al barco y las corrientes de agua en la calle
que ya no existen,
junto a la mujer que se bañaba desnuda en el patio que ya no existe,
con el agua que ya no existe,
con la mujer que ya no existe,
con los ojos que veían que ya no existen;
pero, así el carril del concreto que todo lo cubre,
pero así la blanca mano, la blanca pierna,
el rimel de cobalto que ahora se ahoga en un libro oxidado.
Vemos y viste pasar de constelaciones y aprenderlas y nombrarlas
diferente en cada gota de lluvia,
en cada vez que la garganta come y se ulcera por la nicotina,
en todos los libros leídos
y los libros muertos,
en todos los espejismos de cada borrachera,
así pasó tu frente y tu entrega,
en las manos llevo tus años,
tus largos tálamos,
tus ojos de cera,
la pus y el orín amargo
de tenerte nunca
en el caracol de piedra,
ya solo objetos extraños
televisión que envenena,
entre el ir y venir
como de mundos paralelos
este aire, este aire,
este aire de noviembre,
en el alambre hay cien pájaros tristes,
la muerte los observa.




jueves, 8 de noviembre de 2012

Tú no crees en vampiros.

Tú no crees en vampiros,
mira que lindos alcatraces
sobre esas lápidas recien estrenadas,
parecen un mural de Rivera y dolor de Kahlo,
¿quién es Rivera y porqué llora tanto Kahlo?
¿a qué no adivinas cuántos huesos están ahora incendiados?
deja de leer hazme caso un rato,
el sepulturero va riendo, mira, mira,
tal vez no le duelen tantos muertos,
tal vez los muertos están riendo, bueno tal vez,
escucha, ¿escuchas? son risas
y en el otro túmulo
alguien está buscando algo con una
lámpara,
¿ves la luz? ¿no ves la luz?
los árboles ya descansaron del fuego extremo
enredados en sus labios
y aquí hace frío, se siente frío
y las agujas taladran los campanarios.
¿Vendrán? ¿tú crees que vengan?
hay tantas hojas secas y con hambre regadas en los vasos,
las ramas se mueven listas para el grito inalcanzable que es la noche,
¿tienes miedo? ven abrázame,
respiras como si no tuvieras rastros,
traje la cruz de madera y la estaca, no encuentro los ajos,
pero no importa, te tengo aquí.
Cuánta gente viene y traen paraguas negros
y ropa negra y vienen llorando,
¿porqué lloran? no, por ahí no pasen, por ahí están rotos los espejos,
por ahí duermen los pájaros,
por ahí no, escuchen, escuchen,
dentro de los laberintos que es la tierra
crecen y se multiplican,
voy a ver del otro lado,
tú espérame aquí,
¿porqué no me miras cuándo te hablo?
ay de tus raices cada vez que vienes
y hablas de la aurora
y hablas de la gente que ya no existe
y de las tantas horas de la calle
y de la tanta sangre de la calle
y luego no crees en vampiros, te contesto,
y tu haces como si nada, pero bueno,
espera aquí, espérame amor, no tardo.
sigue leyendo, pero,
¿tú también lloras?
¿porqué nunca me besas?
porque nunca me besas
¿porqué nunca me besas como yo lo hago?

  

sábado, 3 de noviembre de 2012

Temporada de calabazas V

Labios que fueron manos,
manos que fueron húmedos genitales,
los insectos en los ángulos de las telarañas.

Muy pequeña la voz, muy pequeña,
y el hartazgo de la sangre y las balas,
el listón negro en las muñecas laceradas
los ríos llenos de voces sin cuerpo.

el olor de la naranja, del azúcar, de los cráneos con nombres
en los niveles tradicionales de Mictlán, de los inframundos
todos y todos los esqueletos.

Supiste del hombre y su ventana
del camino verde en las flores amarillas
supiste de la niebla en los ojos
del frío y del óxido en las cuchillas amargas.

Te poseí como se posee un deseo,
una alucinación dentro de las grietas,
un instante que fue
cada vez, aveces,
entre los cercanos muertos.

Temporada de calabazas IV

La pared y el papel picado,
la hormiga comiéndose los cráneos.

Paloma dentro de la jaula.
No quieren que grite que no diga nada.

La niebla viene
en los cuellos de los pájaros.

Tú y los muertos
son el paisaje de esta ventana.

Temporada de calabazas III

La visión tardó un poco en desaparecer
pero el incienso descubrió el enorme poderío
de los dulces recién comprados.

El camino de flores amarillas empezo a clarear
desde el primer nivel hasta el último, los vasos con agua
temblaron desde sus cimientos de panes y cráneos.

La visión tardó un poco más en
volver a aparecer, con toda la
bestialidad que causa un negligee rojo,
dentro, un cuerpo lleno de ganas
sin sangre y sin huesos.

Poder tocarla, desde el incienso
hasta los ojos.

Temporada de calabazas II

Desear desde la tarde y recostado en el vacío,
vacilante el descuido de la mesa,
arrojado al extrañamiento de toda tu mano,
de toda tú y el encanto de las venas.

Está ya la naranja, el cigarro y el tequila
que se beberán invisibles y extrañados
de tanto color en la azúcar de los cráneos.

El baile de las medusas y la línea
que lleva es otra pérdida de tiempo
si no vienes ya desnuda.

Desnuda, antes de que te vayas
ardorosamente penetrada
por debajo de la puerta.




Temporada de calabazas I

Era normal, muy normal, salida del trabajo
y luego el descanso, tú ahí, empotrada,
hasta que se disipa la niebla hasta que ya no duelen
los ojos.

Penetrada, y cálida mano que no se sacia,
mínimo sueño prohibido
si lo supieras. Rosa en los labios.

Pero desde la calle el murmullo
golpeando las ventanas y el vidrio de
los vasos llenos de agua,
los ojos tuyos llenos del desfile de los muertos
que llevan a otros muertos.

Luego sacudías la piel llena de flores amarillas,
asi llegabas y amabas, de vez en cuando, cada año,
cada día de muertos.