martes, 4 de diciembre de 2012

Monotauro y hambriento.

Lo veo y monotauro hambriento y con tanta sed en la garganta que no le pertenece.
Lo veo y azul gris del mercurio desprotegido
porque las aristas del espejo le recuerdan con látigos de memoria madura la dulce candidez de la pequeña y de pequeña mano, pero, no,
avanza mejor y avanza y cuenta dos de tres cada vez de que las tumbas estén cerradas
y no vean desde las rosas de las hipocresías los cuentos de tantas señoras aburridas,
de tantos fantasmas egoistas.
Entonces preferí hacerme comer por los perros de roca que merodeaban tus anclajes,
lastima de noche, dije,
y toda la luna era una puta que no solo alumbraba,
sino veía y veía ahí toda desnuda sin fumarse nada, sin meterse nada.
Las vallas, las vallas, gritabas,
pero yo,
desde el celular en mano solo pude ver la mancha de tu cara,
la enorme gota de sangre corriendo por tus ojos de espanto,
y el tiempo del receso es solo media hora,
lo que no alcanza para abarcar completamente el desierto de tu angustia,
la facil cavidad de tus mínimos espejos adentrandose en la mugre de las uñas.
Así que de prisa caminé sobre los gases repartidos a los ojos,
al olfato que aulla, a la pierna que tiembla,
pero, tú estabas ahí y me mirabas con recio miedo,
y yo creí que estaba vivo cuando le volví a ver,
monotauro y hambriento con tanta sed en la garganta que no le pertenece. 

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