Me mordías y luego te hacías la que no hace nada,
me mostrabas tus dientes blancos,
tus piernas blancas,
tu rimel azul cobalto,
y luego desaparecías sobre la rueda,
dentro de la rueda de los primeros besos,
dentro de mi mano
que nunca estaba afuera de tu blusa ni de tus feas bragas,
y tú llegabas y la piedra era la silla,
y el caracol de piedra de la calle oscura donde
la gente hacia sus necesidades,
porque era el pasadizo continuo
de los que crecían al amparo de la luna en los infiernos
de esa tierra de mangles y patos silvestres,
pero eramos pequeños, muy pequeños,
y mi casa era la roca,
el duro complejo y el primo pequeño,
vivo y pequeño,
quién iba a pensar que ya nadie pagaría su entierro,
y ahora solo queda su estatua de nada,
ni de sal, ni de huesos ni sangre siquiera,
talvez el camino de tierra y madera
en el patio junto a los árboles que ya no existen,
junto al perro que ya no existe,
junto al pozo de piedra que ya no existe,
junto al barco y las corrientes de agua en la calle
que ya no existen,
junto a la mujer que se bañaba desnuda en el patio que ya no existe,
con el agua que ya no existe,
con la mujer que ya no existe,
con los ojos que veían que ya no existen;
pero, así el carril del concreto que todo lo cubre,
pero así la blanca mano, la blanca pierna,
el rimel de cobalto que ahora se ahoga en un libro oxidado.
Vemos y viste pasar de constelaciones y aprenderlas y nombrarlas
diferente en cada gota de lluvia,
en cada vez que la garganta come y se ulcera por la nicotina,
en todos los libros leídos
y los libros muertos,
en todos los espejismos de cada borrachera,
así pasó tu frente y tu entrega,
en las manos llevo tus años,
tus largos tálamos,
tus ojos de cera,
la pus y el orín amargo
de tenerte nunca
en el caracol de piedra,
ya solo objetos extraños
televisión que envenena,
entre el ir y venir
como de mundos paralelos
este aire, este aire,
este aire de noviembre,
en el alambre hay cien pájaros tristes,
la muerte los observa.
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