Era normal, muy normal, salida del trabajo
y luego el descanso, tú ahí, empotrada,
hasta que se disipa la niebla hasta que ya no duelen
los ojos.
Penetrada, y cálida mano que no se sacia,
mínimo sueño prohibido
si lo supieras. Rosa en los labios.
Pero desde la calle el murmullo
golpeando las ventanas y el vidrio de
los vasos llenos de agua,
los ojos tuyos llenos del desfile de los muertos
que llevan a otros muertos.
Luego sacudías la piel llena de flores amarillas,
asi llegabas y amabas, de vez en cuando, cada año,
cada día de muertos.
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